Insultar puede resultar un placer (y en este sentido, constituirá un eficaz remedio frente a la anhedonia), siempre que se haga elegantemente. Y no hay mejor insulto que la indiferencia, me parece. Viene esto a colación porque se ha puesto de moda entre nuestros políticos el insulto. Pero no cualquier insulto, sino aquel que resulte más soez y zafio. Así, nuestra Cólera de Dios autonómica dijo el otro día sin darse cuenta que el micrófono estaba todavía abierto lo del "hijoputa" aquel. Hala, así, tal cual. Si por lo menos hubiera utilizado el cervantino hideputa. Pero no, uno se la imagina poniendo esa cara con sonrisa forzada de marquesa del barrio de Salamanca y diciendo lo que realmente le ocupa el pensamiento: "el hijodeputa ese". Claro que unos días después, como para ratificar que en su caso todo gira en torno al insulto, le preguntó despectivamente a un asustado correligionario: "¿Pero cómo puedes autorizar esa puta mierda?" Lo siguiente será que la llamen para ocupar un sillón en la R.A.E.El otro sujeto insultante de la semana fue Chemari Aznar, ese Demóstenes. Lo suyo fue, sin embargo, un insulto sin palabras. Desenvainó su dedo medio (gesto más bien anglosajón, pues un mediterráneo de pro habría sacado la cornamenta latina, constituida porl índice y meñique), y dirigiéndose al juvenil personal con su mirada bigotuda pensó (que no dijo) "Ahí os den pol culo", o algo muy similar.
Nuestros políticos patrios, ya que no sirven para nada excepto para encabronarnos, deberían aprender al menos a insultar con elegancia. Leamos, y que sirva de lección para la futura generación de políticos españoles (ya que con los actuales poco más se puede hacer) qué le espetó recientemente el antieuropeísta británico Nigel Farage al presidente sosainas de la Unión Europea, Von Rompuy: "Vd. tiene el carisma de una bayeta húmeda, y el aspecto de un pequeño empleado de banca". Chapeau.



