viernes, 19 de febrero de 2010

Nostalgia de Sangri-la

Si bien aquel niño era travieso y enredador, podía pasarse también las horas leyendo en perfecta calma los libros que encontraba en la biblioteca de su padre. Así le ocurrió con la colección Argos: Dime cuéntame, Dime cómo funciona, Dime quién es, Dime porqué...Los leyó todos, y algunos varias veces. Pero sentía predilección por una entrada del Dime dónde está, aquella que contaba la historia del Palacio del Potala, la residencia del Dalai Lama en la legendaria capital del Tibet. La poca o mucha imaginación que a partir de entonces tuviera, se la debería a aquel dibujo del maravilloso edificio y a su sucinto y revelador texto, no más de veinte líneas.

Con los años, su pasión por el Tibet no disminuyó. El niño, que ya era adolescente, seguía leyendo todo lo que caía en sus manos sobre el tema, fuera o no inventado (así, creyó a pies juntillas que El tercer ojo había sido escrito por un verdadero lama tibetano, para descubrir más tarde que su autor -Lobsang Rampa- era en realidad el seudónimo de un fontanero británico, eso sí, dotado una portentosa imaginación). Luego fueron los libros de fotografía, los Siete años en el Tibet o el Libro Tibetano de los muertos. Viajar un día al Tibet y quién sabe si seguir los pasos de Heinrich Harrer, ese sueño se había instalado de forma estable en el almario del joven.

Pero un buen día el sueño del Tibet se truncó. Para qué ir, si resultaba que el país invasor había decidido acabar con cualquier vestigio de la milenaria tierra tibetana y convertirlo en una deshumanizada provincia china más.

Años más tarde, el joven que ya era hombre empezaría a firmar cartas para que sacaran de la cárcel a presos tibetanos, detenidos, torturados o violados por los continuadores del legado uniformador de Mao. Y hace bien poco recibiría el golpe de gracia a lo que una vez fue un sueño hermoso: la salida humillante del Dalai Lama por la puerta de atrás de la Casa Blanca, entre bolsas de basura, para que el gigante amarillo no se sintiera demasiado ofendido por la recepción de un Obama que día a día nos quita la ilusión de otro sueño, el de un mundo algo más justo.

5 comentarios:

  1. ¿Y no te has planteado hacer un viaje a Tibet? Yo me apunto, me gustaría llegar en el nuevo ferrocarril, que llega a los 5.000 metros de altura, y ver el país de los monjes rodeado de montañas...

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  2. Eso si vemos algún monje. Porque sospecho que los chinos -más bien los de la etnia han, que son la mayoría- deben estar por todas partes...

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  3. Leer sobre ese niño travieso con imaginación, curiosidad, inocencia e ilusión en busca de un sueño (como canta S.R.) me ha transportado a lugares olvidados de mi infancia. Me ha recordado que no hay que olvidarse de los sueños pues forman parte de lo que somos y de lo que un día proyectamos ser.

    Gracias por la ternura compartida.

    (Harta de "anonimatos" C.)

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  4. Cierto que el relato comenzó lírico. Pero como casi todo en la vida, tiene también su parte terriblemente real. En este caso, la invasión china, que no permite concluir con un final feliz. A pesar de ello, en ocasiones sueño con Sangri-la...

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  5. Sois muy poco realistas. Tibet ya no tiene que ver nada con su historia legendaria, y más os valdría daros cuenta de que China es ya la gran potencia incontestable ante la que todos acabaremos arrodillándonos, nos guste o no. Triste pero real, como la vida misma.

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