martes, 13 de octubre de 2009

De vuelta

Tenía que haber escrito esta reseña hace tres semanas, después del viaje a Bretaña. Pero fui succionado por la realidad académico-laboral y...Hasta ahora. De vuelta, sí, aunque no sé bien de qué ¿De un viaje? Pero si todos los días emprendo uno, aunque sea mental ¿De todo, entonces? Espero no estarlo nunca y dejarme algo, siempre.

Viajar a Francia nunca defrauda, tampoco a Italia (bueno, eso será hasta que te topes con el Merlusconi en su dominio de Cerdeña, te dices). Así, vimos decenas de hermosísimos castillos, pero el único inolvidable de verdad fue el de Montaigne. Se encuentra cerca de Saint-Emilion, un precioso pueblo en plena zona vitivinícola de Burdeos. Allí, me acuerdo bien, le pregunté a una joven y educada mademoiselle que estaba informando sobre la cosa turística: Où est Montaigne? Y la tía va y me dice que nada de Montaigne, sino Montagne -que es otro pueblo distinto-. Le pregunto si ha oído hablar alguna vez de Michel Eyquem de Montaigne, autor de unos ensayos memorables y escritor francés de primer rango, y me dice que ese quién es. Sonrío y me digo que no puede ser verdad. Pero sí: desconocía todo sobre el bordesano.

Uno, en su naïvité secular, piensa que no se trata siquiera de haberse leído los susodichos ensayos, pues es tarea ardua y exige algo más que constancia. Pero mon dieu, ser francesa y mayor de edad, supuestamente no analfabeta y no saber quien es Montaigne...Supongo que el equivalente es que un español con relativas luces no sepa quien es un tal Cervantes.

Total, que con esa congoja en el alma (la de pensar que era yo el que estuve confundido todos estos años, y que nunca existiera Montaigne), nos dirigimos como mejor pudimos al castillo del escritor cuya obra más conocida era libro de cabecera del maestro Orson Wells, sin ir más lejos. Y allí visitamos la torre donde el escritor dormía, recibía, escribía. El resto del castillo es a día de hoy propiedad privada; pero alcanzamos a divisar el paisaje -digo yo que algo cambiado- que también vería Montaigne, con todo el poder de evocación intacto. Al fondo, costaba encontrarlo, se hallaba el castillo del gran amigo de Montaigne, Étienne de la Boetie, a cuya muerte fueron escritas algunas de las frases más hermosas que sobre la amistad uno ha leído.

4 comentarios:

  1. Y dále con el Montén ese, encima gabacho.
    Aqui tenemos producto local, prosistas de la memoria, dignos de encomio: un J. Marías, un Trapiello, un R. Reig..

    ResponderEliminar
  2. ¿Y el de Nocilla no entra en el grupo? Tío, está en todas partes...

    ResponderEliminar
  3. Insufrible el de Nocilla.
    Le dejé un comentario en el blog pidiéndole el número de ejemplares que habia vendido, para asi conocer la relación mass-media, venta de libros. Contestó que no podía decirlo, que era secreto de Alfaguara. Mucho me temo que pa tanto bombo, ná. Los libros son de escándalo: copiar y pegar..! El Forrest Gump de la narrativa hispánica... Todo el día corriendo, de una FNAC a otra..

    ResponderEliminar
  4. ¿Ningún comentario acerca del Mont Saint Michel?

    ResponderEliminar