Una amable y anónima lectora nos sugiere contar algo del Mont Saint Michel, ya que ella no pudo ir (y mira que insistimos en que nos acompañara). De acuerdo.El enclave es excepcional, y la edificación sencillamente admirable para los tiempos que corrían, allá por el siglo X. La vista desde el claustro es sobrecogedora. Pocas veces un nombre fue tan bien elegido: La Maravilla. Dicho esto, hay que avoir de la patience un montón, porque las hordas turísticas tienen tomada la localidad entera, y hay que abrirse el paso a codazos y escuchar a la muchachada ulular sin pausa.
El interés del lugar tiene que ver también con las mareas; alguien nos dijo que oscilaban a la misma velocidad que un caballo al galope. El símil es tan hermoso que me importa un bledo si es cierto o no. En todo caso, no se te ocurra dar un paseo o dejar el coche sin tomar un mínimo de precauciones informativas, porque va en ello tu vida.
Ya al salir, mientras íbamos hacia el coche, vimos a un avión nodriza parir una docena de hijitos paracaidistas; la imagen era tan inusual y plástica que C. -normalmente comedida a la hora de apretar el botón- no paró de hacer fotos. La mamá aeronave pasó de puerperios, dio otra vuelta y volvió a soltar otra camada. Y otra más. Tenía su punto la escena, aquellos hombrecillos cayendo, con ese fondo nublado y un vago recuerdo de guerras y desembarcos.
Y dale con los gabachos...aunque sea en paracaidas! A ver esa entrada más de barrio, Montén: por ejemplo, el yoga en Arganzuela. La zarzuela, género chico. Etc.
ResponderEliminarMás que zarzuela, reggaeton y patacón pisao. Y eso que al yoga sólo van autóctonas. Y alguna mendiga que se carga a otra...Como ves, poca cosa. Mucho más ameno Lavapi, seguro.
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