domingo, 7 de febrero de 2010

La abubilla de Amherst

No sé cómo será una abubilla, pero todo caso estaremos de acuerdo en que el sobrenombre es algo cursi. Llamémosla pues, simplemente, Emily Dickinson.

Hace unos años, y siguiendo las indicaciones de T., me compré una antología bilingüe de E.D. No entendí nada, ni en inglés, ni en castellano. Los poemas me parecieron inasiblemente místicos, incomprensibles. Así que aparté rápidamente ese cáliz de mí, pensando que igual no estaba preparado para asimilar poesía tan elevada.

Hace unas semanas, y gracias a los descuentos que le hacen a M. en la librería Bertrand, me hice ávidamente con unos cuantos libros, entre ellos una selección epistolar de la Dickinson a cargo de Nicole d'Amonville. A ver si por la vía de las cartas me entra la de Amherst, me dije (ya me pasó con Byron, que no me interesa como poeta pero sí como cultivador de lo epistólico). La introducción de Amonville engancha -la verdad, más que las propias cartas-, y permite hacernos una idea de la personalidad de E.D.: muy influida por la figura de un padre autoritario y a la vez respetado; la religión y el fenómeno de la conversión como constante social de la época; un espíritu sensible e independiente, que terminará por recluirse -casi 30 años- frente al mundo, revestido de un blanco material muy significativo.

Un bicho raro, la de Amherst. Aunque a veces consigue despertar nuestra ternura. En su última carta, sabiendo ya que su muerte es inminente y que prácticamente está llamando a la puerta, escribe a las queridas primas Norcross,

Primitas:

Me reclaman

Nada que ver (o sí), pero esas palabras nos llevan a otras, las que guardaba en el bolsillo Antonio Machado y que a la postre serían su último (y hermosísimo) legado: Estos días azules y este sol de la infancia...




8 comentarios:

  1. Bueno, gracias al descuento que le hacen a M. en esa librería y a que echaste vistazo al mismo libro que M. -esa privilegiada que paseó hace poco junto a las casas de Amherst- tiene en su casa.

    ¿Cómo que no sabes cómo es una abubilla? Los parques de tu ciudad las acogen.

    ¿Cómo puede ser que E. D. te lleve a una entrada en el blog y no J. R.?

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  2. Tienes razón: hablo de una escritora que no me gusta (la Dickinson) y no de uno cuyos diarios me encantaron (Jules Renard). Pero qué querés, uno es contradictorio...En todo caso, sabes que soy un poco mitómano y la historia vital de la de Amherst me atrae, irremisiblemente...¿Merece la pena la visita de su casa? ¿Le hace sentir a uno algo?. Algún día, una entrada sobre casas de escritores y si nos dijeron algo.

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  3. Interesante entrada, El Zuazu. No conozco a nadie que haya leído a Emily Dickinson (ni el Ulises de Joyce). Quizá haya pasado a la historia por su vida peculiar, por ser escritora y mujer en tiempos en que era difícil serlo (como las hermanas Brontë), por la necesidad que tenemos de generar mitos a la primera de cambio.

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  4. Ya sabes, hay libros míticos...que nadie ha leído, salvo dos o tres catedráticos de literatura y por necesidad académica. También hay que decir que Joyce tiene un libro estupendo (Dubliners), del que hay película de John Ford no menos memorable.

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  5. Pérmitame corregirle Sr. Zazo. creo que se refiere a John Huston y su "The Dead".

    Ambos, como buenos irlandeses, eran de buen beber. Por eso quizás los intercambió.

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  6. Permitido. Acepto la corrección. Es más, diría que fue Vd. mismo el que me dejó la película.

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  7. Tampoco yo he conseguido nunca comprender (ni tan siquiera entender) a E.D. Y, discúlpame, tampoco la referencia a la abubilla de Amherst, pero si tienes un rato, Zuazu, busca el mito de Tereo, Progne y Filomela, tal vez pueda arrojarte algo de luz sobre la escritora. Está en Graves pero no sé si es la mejor versión.

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  8. ¿Y qué luz? Tereo se casa con Progne y después se enamora locamente de Filomela, encerrando a la primera y haciéndola pasar por muerta para poder casarse con la segunda. Descubierto el pastel, las chicas (que eran hermanas) se vengan sirviendo en bandeja al seductor a su propio hijo, Itis, convenientemente troceado. Alúmbrame, oh desconocido/a lector/a.

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