Ya sé que es un género con poco lustre en estos pagos hispánicos nuestros, pero a mi me han gustado siempre las biografías. De personajes célebres, o no tanto.
Ahora estoy con un libro de Manuel Cruz que conjuga biografía y ensayo para explicarnos cual pudo ser la visión del amor en filósofos como Platón, Agustín de Hipona, Spinoza o Hanna Arendt, y también en otro personal que también tenía en alguna medida la funesta manía de pensar (y/o de escribir).
Así, Abelardo y Eloísa. Escenario: Francia, siglo XII, ergo Edad Media: él, guapo, eclesial, filósofo, creidillo. Ella: hermosa, inteligente, generosa. Arteramente, él consigue ser el preceptor de ella. La transmisión del conocimiento teórico pasará pronto a un segundo plano ("Mis manos se dirigirán más a sus pechos que a los libros", dice Abelardo). Una historia de amor fou (aunque entonces no se sabía que si el amor no es fu, entonces como que ni fu ni fa), pasional, irracional. Lo nunca visto hasta ese momento (luego, Romeo y Julieta). Tienen un hijo y se acaban separando; ella abrazará la vida monástica aunque nunca renegará de aquella historia de amor tan corpórea.
Luego está lo de Nietzsche-Lou A. Salomé-Paul Rée: aquel triángulo amoroso que pudo haber sido, pero no. Los dos amigos amaban a la extraordinaria Salomé (aunque es bastante probable que el neurótico autor de Así habló Zaratrusta en realidad amara solo al amor); pero esta rompecorazones de origen ruso quiso permanecer siempre independiente, en lo material y lo afectivo. Helos todos ahí en la foto que acompaña esta entrada; y préstese especial atención no sólo a quienes tiran del carro, sino a la simbólica fusta que porta Mme. Salomé.
No menos llamativo es el caso del binomio Sartre/Beauvoir: paradigma del compromiso en la esfera pública, parece que en lo privado tenían montado un tinglado que no entendían ni ellos mismos: no sólo libertad absoluta en la actividad sexual de cada cual, sino que la Beauvoir le pasaba amantes propias a Sartre. A mi me parece que eso se llama proxenetismo (o casi), y en todo caso nos hace cuestionarnos aquella imagen de feminista avant la lettre que entonces y después perduró en el imaginario occidental.
En fin, que todo este tema del amor seguirá dando que hablar y que pensar hasta que se extinga la especie humana. Por mi parte, concluiré esta entrada con aquella verdad poética que nos dejó en herencia Miguel Hernández: Sólo quien ama vuela.
Le apunto los agitados amores entre los poetas Rimbaud y Verlaine, regados en hachis y absenta. Con traca final. Purito amor fou.
ResponderEliminarAl hijo de Abelardo y Eloísa le llamaron Astrolabio (lo que se reirían del pobre niño en el cole). Y te olvidas Zuazu de aportar un dato clave en toda esta historia: tras el escándalo suscitado por tan pecaminosa historia, a ella la obligaron a ingresar en el convento y a él...Le castraron. Tal cual.
ResponderEliminarPara quitar sustos (castraciones, conventos, tóxicos...)-- La cuestión es: ¿exactamente qué sentido hay que darle a ese "vuela" de la frase de M. Hernández? ¿Un sentido de trascendencia, ilusión, etcétera? ¿O un sentido, tal vez, de "se las pira"? Que en la viña hay de todo, ya se sabe.
ResponderEliminarQue cada uno interprete la poesía (y en general, todo en la vida) como le plazca y/o interese. Aunque a mi me da que el volar del alicantino tiene que ver con la experiencia más alta, como aquella de los pronombres de Pedro Salinas...
ResponderEliminarEsto me huele a "sale el sol" de Shakira, dedicada a su "solete", Gerard. Espero que toda comparación sea válida si de amor vamos a hablar. O es que por estos espacios hay mucho intelectual. Se ruega avisar.
ResponderEliminarEmpezamos a ver sus alas Señor Zuazu!
Me gusta la fecha de su escrito.
Y a mí me encanta su escrito, Zuazu. Hay que volar, sí señor. Eso sí, por si acaso yo llevo doble paracaídas.
ResponderEliminarbesitos y "quiero güelar" (que decía el dinosaurio pequeño de aquella película sobre dinosaurios)