martes, 9 de agosto de 2011

De tumbas y epitafios

Igual ya escribí sobre este tema hace unos cuantos posts. O no. En todo caso me apetece hacerlo ahora, a ver si me va a sorprender antes la Parca y me deja sin tiempo para esta y otras cosas. Y sin epitafio.

Aunque ya veo a alguno diciendo aquello que le dijeron a O. sobre la música de Leonard Cohen: "Eso es para cuarentones depresivos". Pues será, solo que a mi me lleva ocurriendo desde los 20 años, cuando visité el cementerio judío de Praga.


Y sí, a uno en sus viajes le gusta visitar mercados y cementerios, símbolos paradigmáticos de vida y muerte. En el viaje a Jerusalén, había un inmenso cementerio a la vista en el lado del Monte de los Olivos, poblado por judíos, cristianos y musulmanes (quienes sólo así pueden convivir en paz, al parecer): el valle de Josafat del final de los tiempos. Y visitamos también el vitalista y colorido mercado de Mahane Yehuda.


No sabemos si al escritor holandés Cees Noteboom le gustan los mercados, pero a tenor de su libro "Tumbas de poetas y pensadores" podemos colegir que al menos sí le van los cementerios. O puede que sólo ciertas tumbas, las de los colegas a los que admira. Algunos de los epitafios que comenta son curiosos, otros especialmente hermosos. Espigando aquí y allá, nos quedaríamos con el de Keats, que comparte tumba en el Cimitero Accatolico de Roma junto a Shelley y los hijos de Goethe y Von Humboldt: Aquí yace un poeta cuyo nombre fue escrito en agua. O con el ya famoso de Borges, en el cementerio de Ginebra: And ne forthedon na (Y no temas). Shakespeare sorprende (o no tanto) con el suyo: Maldito sea quien remueva mi lápida. T.S. Elliot, en una breve lección de metafísica, resume: En mi principio está mi fin. En mi fin está mi principio. Y como no podía ser de otra forma, Chateaubriand (el de las Memorias de otras tumbas más ultras) comienza de forma egótica, pero lo acaba arreglando: Un gran escritor francés ha querido reposar aquí, para no oir más que el viento y el mar.


En fin, que también las lápidas y epitafios reflejan la personalidad de sus moradores. Y en este sentido, nada tan didáctico como las Instrucciones de Arthur Schnitzler escritas hace casi un siglo:



¡Punzada en el corazón!
¡Nada de coronas!
¡Nada de esquelas mortuorias! ¡Ni en los periódicos!
Entierro de tercera.
El dinero que se ahorra siguiendo estas instrucciones
se dedicará a hospitales.
¡Nada de discursos! Evitar todo accesorio ritual.
(En especial velatorios y esas cosas).
Que no se lleve luto por mi muerte, ninguno en
absoluto.

6 comentarios:

  1. ¿ese cementerio es lo único de convivencia armónica que hay allí o se trata de tres diferentes situados en esos palcos de primera para cuando la resu?

    El epitafio de Montaigne no es breve.

    ResponderEliminar
  2. Oscar Wilde, que por cierto está sepultado en el cementerio con más famosos por metro cuadrado (el parisino Père Lachaise, reescribió antes de morir el epitafio de Keats: "Tu nombre está escrito en agua; pervivirá".

    ResponderEliminar
  3. Claro, los cementerios respectivos están diferenciados. De no ser así, imagino alguna lucha entre cadáveres, en plan zombi. Pero se pueden ver en conjunto, como si fuera uno solo. Y sí, el epitafio de Montaigne (supongo que te refieres al que escribió su mujer) daría para un post él solo. Lo clava con lo aquello de que "nivelaba sus escritos con sus acciones", o algo así...

    ResponderEliminar
  4. http://www.youtube.com/watch?v=1hFOTRfEWgg

    ResponderEliminar
  5. Los epitafios, casi un subgénero literario...

    Dado mi pseudónimo no puedo por menos que volver a citar el archiconocido epitafio de mi mentor: "perdone que no me levante", simplemente genial.

    Aunque también hay uno muy bueno de Pío Baroja, que no puso en su tumba pero sí citó en su novela "Zalacaín el aventurero" como insertada en un reloj de pared, debajo de la esfera del reloj, que decía: "Todas hieren, la última mata", fiel reflejo del estilo de Baroja: claro, conciso, directo, expresivo, eficaz... Genial.

    Salu2

    ResponderEliminar
  6. Yo siempre que puedo también visito cementerios. Me impactó especialmente un epitafio en el cementerio de La Recoleta (Buenos Aires). Lo escribió un poeta italiano a su hija, Liliana Crociati, que murió en Innsbruck aplastada por un alud durante su viaje de novios.

    ResponderEliminar