
Uno siempre ha tenido una relación algo ambigua con esto del surrealismo. Quiero decir que por un lado -la transgresión, la estética de sus propuestas, la crítica al poder conservador y clerical de la época- siempre me ha atraido. Pero por otro -señoritos y/o hijos de papá sin nada mejor que hacer, banalidad- me ha provocado cierta aversión.
También que alguno de sus eximios representantes -léase Salvador Dalí- se arrimó siempre, desde su pretendida genialidad, al sol que más calentaba. Incluído el franquismo.
El caso es que, viendo la exposición de la Fundación Mapfre ("La subversión de las imágenes"), compruebo que esa sensación de ambigüedad continúa. Algunas imágenes, bellísimas, suscitan en el espectador algo parecido a un fogonazo: El violín de Ingres de Man Ray (ver imagen adjunta: o cómo obtener una fotografía inolvidable añadiendo unos simples ribetes musicales a la hermosa espalda de Kiki de Montparnasse), o las del París de noche del húngaro Brassaï (según los entendidos, se encuentran entre las mejores fotografías de todos los tiempos). Pero al mismo tiempo, las clásicas tonterias dalinianas tipo esculturas automáticas, o cómo doblar un billete de metro y bautizar la gesta con un título artístico. Y luego, esas películas para épater les bourgeois. No sé...Hay un algo de falsedad en todo ello, de pose, de no-arte que le pone a uno en guardia.
Bonito trasero, no doubt.
ResponderEliminarY para nada surrealista...
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