Mientras tomamos café en el Mercado de la Paz, C. me cuenta su historia.Resulta que todas las mañanas, alrededor de las siete y media, dos gorriones se posan en el alféizar de su ventana. El macho golpea varias veces con el pico, como diciendo "Ya estamos aquí, venimos a por lo nuestro", y la misma C. o su pareja abren la ventana y depositan en el alféizar unas migas de pan. La operación, dice C., hay que realizarla con muchísimo cuidado, porque cualquier cosa -un exceso de rapidez en la apertura de la ventana, un golpe casual- puede asustar a los gorriones y hacer que se vayan -nunca mejor dicho- volando.
Me pareció un cuento casi zen, preciso y precioso.
Hay un poema de J.E. Pacheco ("Tres y cinco") que también habla de un pájaro y de su relación con los humanos: se presenta todos los días a las tres y cinco, pero no busca comida sino tal vez compañía. El final también inspira ternura:
"Tal vez por la simple inercia de contemplarnos
siempre sentados a la mesa a una misma hora
poco a poco se ha vuelto como nosotros
animalito de costumbres."
Y es que como dijo el mejicano eso somos, aunque nos pese o intentemos cambiarlo: animalitos de costumbres.
Por lo que leo, vuelves a las andadas, Zuazu. ¿Otra vez con la Dickinson? ¿O quizá las Bucólicas de Virgilio? Pásate a El Jueves, la revista que sale el miércoles.
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